Jaime Azulay Benzaquen Z.L.
A veces la razón lucha contra la lógica y es al final la suerte la que embiste sin tomar en cuenta al uno o al otro. Cuando me tocó la oportunidad de conocer de primer plano y por ende, de escribir sobre Jaime Azulay Benzaquen, me di cuenta de que mi forma de ver, de entender la vida, tenía otro matiz, una perspectiva a la que por años he evitado, una respuesta con la cual no he querido enfrentarme, una vivencia, que me dejó insomne y boquiabierto por varios días. Y tan sólo recuperé la paz y la tranquilidad cuando frente a mi computador pude verter lo ocurrido.
Los que conocen a Jaime Azulay Benzaquen Z.L. y me refiero en presente, pues su marcha aún está fresca, su sentir, su sonrisa, carisma y maravillosa manera de ser lo han convertido en un ícono de jóvenes, de aquellos que fueron sus compañeros en Israel, en ése maravilloso ejército y los que lo vieron crecer y ser en esta Caracas maravillosa. Sabemos que su estilo de vida, era alborotado, inconforme, noble, distinguido, alegre, buen amigo, mejor hijo, insuperable hermano. Tenía la fuerza que se requiere para recuperar alguna amistad perdida por algún motivo, y su sonrisa era pasaporte a una paz incondicional.
Jaime Azulay Benzaquen Z.L. dejó en estas dos décadas que nos acompañó, demasiadas cosas que siguen oliendo a él, demasiados lugares en los que su sombra se mantiene, demasiadas palabras sabias como para dejar de amarlo y extrañarlo. Los amigos que lo escuchaban en sus sueños de ser y de poder convertirse en héroe, pueden entender a lo que me refiero, él fue a su Patria a dar el todo por el todo, y cuando digo esto, no me refiero al hecho de ir con algún sueño de grandeza, de guerrero, de protagonista de películas del Oeste Americano, él fue a dar todo aquello que le fuera exigido, su meta era complacer a sus abuelos y en especial a su madre. Demostrarles que en él se conjugaban los verbos de la bondad y la esperanza con sumo placer, que su tiempo el que se le había dedicado en su preparación y educación, estaba justificado y que su gran amor a las raíces no era negociable. Ambos apellidos, paterno y materno habían logrado forjar en él, a un buen judío. Cosa que en sí era su primer baluarte, sobre sus espaldas sus compañeros estarían protegidos y guiados a una buena senda.
Y así nos encontramos que luego de hacer intentos infructuosos para adaptarse a este país, sus estudios, política y situación en general, Jaime convence a su madre y parte a la Tierra Prometida, en la que es recibido con los brazos abiertos, se le atiende y aprecia como al que más, sus derechos tienen el mismo valor que el de un ciudadano natural, en donde sus nuevos amigos, no notan diferencias en cuanto a las costumbres, idiomas o tratos, pues es de todos sabidos que al hacer Aliá, todos poseemos no sólo los mismos derechos, sino que sentimos el mismo patriotismo. Jaime junto con su hermano, lograron destacarse en muy corto tiempo y gracias a esto logra un permiso provisional para venir a pasar unas vacaciones con su madre; figura a la que venera y a cada momento se lo hace saber por los distintos medios de comunicación, bien sea chateando, o mismo por las constantes y largas llamadas telefónicas.
Contar toda su vida, es algo que con más conocimiento y por supuesto luego de una larga investigación lo podrá hacer algún otro de mis colegas, estoy seguro que vale la pena. Pero hoy quiero no pasar por alto esos detalles, esa insospechada calidad y capacidad humana, a la vez que su experiencia debe ser contada, pues abre puertas de luz en tantas personas que se mantienen en ese limbo que no nos deja vivir, en esa angustia de saber qué pudo suceder, y en la pregunta irrespondida de qué nos sucede luego de… ¿Qué hay, si es que hay? y cómo es o puede ser.
Ahora me voy a centrar en su último día, no quiero con esto dar un detalle puntual y exacto de los hechos, pues mi escrito viene más que nada a dejar que salga a flote algo más valioso, algo que puede sirva a tantos seres que hoy piensan y ven la falta de un ser querido y con nada ni nadie han logrado mitigar su dolor. Es a ellos, en especial y en particular a los que les quiero hablar. Jaime Azulay Benzaquen z.l. se levantó muy entusiasmado pues el día traía grandes promesas, en especial era su última noche en Caracas, al otro día partiría de regreso a Israel. Con sumo cuidado y atención esa mañana abrazó con un afecto muy especial a su madre, la cortejó con esas palabras zalameras que suelen decir los buenos hijos, y en un momento que vio ese brillo de tristeza que surge cuando hay demasiado amor, él, al ver a su madre frente al espejo arreglándose para una fiesta que se celebraría en la planta baja del edificio. La abrazó desde la espalda, y formando una unión que emula a la ya vivida durante la gestación por lo cálida y cercana, la volteó para mirarla directamente a los ojos y le dijo. “Mamá, no quiero que sufras por mí, a dónde voy, es a un lugar maravilloso, yo estaré bien” proféticas palabras dichas sin un coherente sentido, y en un divagar de tiempo y espacio. Que con los días refuerzan su premonición.
Ambos se miraron y ya no hubo necesidad de más palabras un abrazo materno junto con un beso inolvidable dieron cierre a un instante de tristeza que ahora vemos estaba bien justificada. En ese instante se pudo concretar esa despedida que siempre nos queda pendiente con la partida de nuestros seres queridos. Ese abrazo es el calor que mantiene el fuego de paz que una madre requiere y, cómo si él estuviese seguro de lo que estaba por venir, dejó que el tiempo corriera lentamente, que el abrazo perdurara, tanto como lo necesario para dejar esa huella del recuerdo que nos alimenta en los momentos en que nos damos cuenta de nuestra gran debilidad, de nuestra debilidad humana, la de querer y amar sobre todas las cosas.
Jaime quiso que su madre lo acompañara a la fiesta y ambos bajaron. Ese día para él, era importante el asistir, pues se trataba de alguien muy querida, recuerdos y amigas de la infancia, me entero que al rato de incorporarse a la fiesta, Jaime vio a alguien, a un alguien quien había sido un ser muy especial en su vida, un amigo, con el cual por una respuesta a una situación extrema, lo dejó abandonado en un lugar distante, y por ello, se habían distanciado y dejado de hablar. Los años habían pasado, tengo entendido que pudieron ser cinco o seis, el daño ya había sido hecho y Jaime quien esperó una cortés explicación del por qué, al no haberla recibido, dejó que las diferencias entre esos buenos amigos tuviese mas poder que la amistad de tantos años. En un descuido, o quizás en un momento en los que una madre no quiere perder un instante de los actos de la vida de su hijo, lo buscó con su mirada por el salón y al localizarlo, vio como él se dirigía a la mesa de su amigo, algo estaba por suceder, sería un motivo de riña, habría molestias entre los dos. Pero de inmediato se tranquilizó, su hijo había madurado demasiado y sus nobles sentimientos no permitirían que algo dañara el ambiente festivo que se respiraba, pero aún y todo, la curiosidad no la dejó y siguió con lujo de detallas lo que estaba por suceder.
Jaime se paró detrás de la silla del amigo, algo desde lejos se notaba que le decía, el amigo se incorporó de la silla, lo miró, lo abrazó y fue un abrazo fraternal. Fue un encuentro de la razón sobre cualquier otro suceso. El abrazo fue largo, las manos de ambos buscaban cómo hacer sentir al otro que ya no existía rencor alguno, que de allí en adelante volverían a ser lo que fueron. Me cuenta la madre que no se quedó con las dudas que en cuanto pudo le inquirió a Jaime con la intención de saber y conocer todo. Él la tranquilizó, le contó que al estar en sus espaldas, lo llamó por su nombre, le dijo hola amigo, acá estoy, ya no te guardo rencor, quiero que volvamos a ser lo que fuimos, el otro amigo, reconoció su falta, y lo demás ya no hubo necesidad de ser contado pues ella, lo había observado con asombro y aprecio.
Desde ese instante hasta los momentos finales, apenas transcurrirían unas horas. Uno se pregunta luego de ello. ¿Qué somos?¿ Cuánto valemos?¿Cuál es nuestro futuro? Todas preguntas que con una adecuada respuesta nos llevaría a ver el mundo de otro modo, nos dejaría ser menos orgullosos, y por supuesto nos forzaría a ser mejor gente, mejor amigo, mejor en todo. La reunión se desarrollaba normalmente, el ambiente era tranquilo, pero el cansancio del trabajo de la semana y la dedicación a tiempo completo con su hijo Jaime, hizo que Belinda quisiera retirarse, además esa noche su madre quien vive en Francia, también estaba de visita y quería acompañarla un poco más, se despidió de los amigos y se retiró a su casa, habló con su madre, lo mismo hizo por teléfono con su padre, más tarde con su hermana y se acostó a dormir. La llevó el sueño.
El destino hizo que Jaime encontrara a un amigo y que ambos decidieran ir a una fiesta en otro lugar. Jaime subió a la casa de su madre, la visitó en el cuarto, al verla dormir, se sentó en un lado de la cama, la apreció como quien mira en un museo a un cuadro, le pasó la mano suavemente sobre su hombro, teniendo el cuidado de no despertarla, tomó las llaves del automóvil y se fue camino de la fiesta. La noche como las mayorías de la noches de Caracas era fresca y con la lluvia que había caído, se podría decir que hasta un poco más de lo normal, ambos jóvenes tomaron la ruta más expedita, la de la Cota mil y enfilaron su ruta. En el camino lo dos hablaron de sus sueños, de lo que tenían por ver, lo que esperaban de la vida, y en especial de la experiencia tan grata que le otorgaba el estar en el ejército Israelí. Ninguno sospechaba lo que les estaba por ocurrir. Sabemos que la velocidad en la que se desplazaban no era sino la justa que se recomienda para esa autopista, unos 80 kilómetros por hora, hubo un cruce de miradas, como si de repente supieran lo que sucedería, el automóvil comenzó a patinar una, dos, quizás tres vueltas. Jaime salió disparado del automóvil. El amigo se supo al poco rato que estaba bien, salió del mismo y lo primero que hizo fue ver por su amigo, quien estaba tirado en el suelo y en muy estado.
La costumbre de los caraqueños es la de detenerse a ver los accidentes, esto viene de tiempos de antaño, de la misma educación, de ése sentir la necesidad de colaborar, de dar ayuda al desvalido. En momentos toda la autopista estaba detenida, curiosos y gente por doquier, el amigo levantó el teléfono e hizo dos llamadas una a los cuerpos de emergencia para que viniesen a socorrer a su amigo quien aún respiraba, y la otra para informarle a la madre de Jaime lo que les había sucedido. En menos de lo imaginado, Belinda junto con su madre, estaban en el lugar del accidente, cuando llegaron, los cuerpos de rescate estaban haciendo lo propio para revivirlo, para darle una oportunidad, ella, quién había estudiado la carrera de medicina, pidió permiso y luego que los paramédicos se rindieron ella trató de darle respiración artificial, de masajearle el corazón, lo estuvo haciendo hasta que los paramédicos, la tomaron y la separaron del cuerpo de su hijo, ya nada se podía hacer, la vida de un joven soñador, se apagó cuando contaba apenas 21 años.
Detallar el dolor de una madre, el significado de la pérdida, el estado de dolor, la impotencia en la que se encuentra alguien en ese estado, la cantidad de cosas que pasan por la mente de un ser ante tal y tan dramático momento sería además de cruel, injusto, pero no hablar de ello, no recordar lo que pasó, sería como dejar al olvido esta historia, este absurdo accidente, esta incongruente realidad. Debo recordar que la sociedad en pleno, que la comunidad de manera acostumbrada, hizo acto de presencia. Nadie podía entender lo que estaban viviendo, no se podía aceptar que a esta mujer le siguieran sucediendo tantas y macabras cosas, por un lado había perdido a su hijo, antes le había tocado sufrir y llorar por la pérdida de una hermana menor que ella, en la que otro accidente de tráfico, causado por una drogadicta le costó la vida junto con otras dos jóvenes muchachas de la comunidad, también tuvo que soportar la muerte de un hermano, ya era como demasiado, ya la injusticia divina se dejaba ver a niveles preocupantes. ¿Por qué? Todo a una misma persona, sin tomar en cuenta de otras pérdidas, las ocasionadas por divorcios que son tan dolorosas como la de la misma muerte.
Así transcurren los días, los amigos mitigan un poco tanto dolor, la familia, se aboca de plano para tratar de soportar con su dedicación y amor un poco el sufrimiento de una madre que no salía de su estupor, era como vivir una pesadilla en la que se daba por descontado, despertaría y todo seguiría siendo normal, en la que estaba segura de que su hijo vendría a hablarle por el teléfono y decirle cuánto la amaba, era tener esperanzas… los días se sumaban de manera insensible, y las noches se juntaban con los días, en los que únicamente la fe dejaba un espacio para poder respirar.
Un nuevo día se presentó, desde temprano en la ventana del dormitorio de Belinda, la luz del sol entró con más energía, el calor se dejaba notar como que algo sucedería y así fue, el amigo de Jaime, el que había estado junto a él durante el accidente la llamó por teléfono, le dijo que necesitaba hablar con ella, que le había sucedido algo, y que debía hablar con ella. Se dieron cita y esa misma tarde los dos se encontraron. Al verse, una lágrima brotó de una madre que sentía la presencia de su hijo en la proyección de su amigo, ya que el recuerdo de lo sucedido volvía a su memoria, estaba consciente del esfuerzo con el que él trató de hacer y dar, para ayudar a Jaime, aunque todo fue infructuoso. Se revolvían en su mente, muchas experiencias aún no aceptadas, además que se había generado un afecto especial con ese muchacho.
Ambos como dos amigos, como más bien podría decir, como una madre con su hijo, sentados en el sofá de la casa, primero se saludaron y de inmediato, él le comenzó a decir, que tenía algunos días en los que se sentía mal, que algo extraño le estaba ocurriendo y, aunque no creía en fantasmas ni cosas por el estilo, el día anterior, le sucedió algo que debía compartir con ella. El momento además del asunto fue suficiente para prestar toda la atención a cada palabra, a cada gesto. El muchacho, comenzó a temblar, se notaba que el tema le causaba cierto miedo, un insólito sentir del que no poseía experiencia previa y por lo tanto lo hacía caminar en espacios inseguros.
Ayer en la noche, estaba, decía él, acostado en mi cama, mi hermano me acompañaba, le estaba hablando, lo miraba, lo veía, de repente cerré mis ojos y vi a Jaime. Pensé estar soñando, traté de quedarme tranquilo, a él lo había visto en otros momentos, en alguno de mis sueños, pero era en otro plano, era de otro modo, estaba distante, era como ver una película, esta vez, fue distinto, todo era diferente, pareciera tenerlo a centímetros de mí. Su cuerpo se sentía, su calor, también, y una vez asumido lo que estaba experimentando, él me dijo que había venido a mí para cumplir con una necesidad, que para él, era sumamente importante, y que por mi medio la debía realizar. Lo escuché, no tuve tiempo, deseos ni capacidad de preguntar, fue un momento en que nos ocurre algo tan especial, tan increíble en la que nos quedamos mudos, o quizás fue que no hubo motivo para hablar, pues Jaime tomó la palabra y fue tan explícito, que no quedaban dudas.
Le comenzó diciendo que estaba bien, que donde estaba se sentía tranquilo, pero que para poder pasar a otro lugar, a su punto final debía de cumplir con la tarea que le iba a encomendar, tenía tres cosas que decirle y le rogaba las hiciera al pie de puntilla. Se trataba de un mensaje para su mamá. Él quería le dijera a ella. Primero que él sabía cómo cada noche ella miraba su álbum de fotos y viéndolo a los ojos le pedía que apareciera, que quería verlo, besarlo, despedirse de él. Le pidió por favor que no lo siguiera haciendo pues esto le impedía terminar su viaje, que el llamado de ella, era extraordinariamente tan sentido que no lo dejaba descansar en paz. Le dijo que él la veía y quería hacerle saber que estaba bien, que no se preocupara, que no le era permitido visitarla. Belinda no movió uno sólo de sus músculos, tan sólo esperó a que le contara las otras solicitudes.
Como segunda indicación Jaime le exigió dijera que el problema de su hermana, muy pronto se le iba a solucionar, que tampoco debía preocuparse, que él ya tomó medidas para ello. Y como en la primera oportunidad, siguió esperando con calma. Misma que ya se notaba estaba tomando el amigo, el mensajero de Jaime. La tarde avanzaba, la noche estaba pronta, los dos se miraban y con los ojos acariciaban su tristeza. Ver este cuadro era no poder entender lo que estaba sucediendo y, como quien no quiere, pero ansiosa por saber la última petición de su hijo, Belinda lo conminó a que se la dijera, fue la primera vez que mostró su nerviosismo, algo dentro de ella, estaba por explotar, muchos recuerdos, mucho dolor, muchas cosas que se debían tocar y cada una de ellas era en sí todo un problema.
Ya no se hizo esperar más, la última petición, dijo el amigo, es que te diga que el viernes te verá antes de irse, en las canchas de tenis. Terminada de expresar las tres peticiones, Belinda, se levantó, lo abrazó y sin decir nada, le dio un beso en la mejilla. Era señal de que estaba complacida con lo escuchado, ahora había que digerir la información, Belinda requería de un tiempo, estar a solas, tranquila y ver qué hacer con lo que le había dicho.
Estando a solas en su cuarto, Belinda dio comienzo a repetir toda la conversación, ¿será posible lo que había escuchado? ¿Sería otro sueño? podría ser todo verdad. La única persona que estaba consciente de lo que ocurría durante las noches en su casa era ella, la única persona que en verdad sabía, y estaba clara de que tomaba los álbumes de fotos, miraba a su hijo y viendo a sus ojos, le pedía que viniera, que se le presentara, que le diera una demostración de su otra existencia, era ella, eso era verdad, las otras dos peticiones, carecían de un valor probatorio, su hermana, menor que ella, se había divorciado y tenía unas necesidades económicas fuertes y el tiempo no la ayudaba a encontrar solución a su requerimiento, no veía el modo ni la manera en que Jaime la pudiese ayudar. Era algo que no se podía entender. Y sí, aunque en la primera tan sólo alguien que la estuviese viendo lo podría decir, en las demás era algo, en la una por un lado difícil, en la otra no daba credibilidad alguna a la de un encuentro el viernes en la cancha de tenis, no sabía de qué cancha, no era un deporte al que asistía, y no estaba clara a cual cancha podría haberse referido. Dos de las tres indicaciones carecían de la fuerza suficiente como para poder ser creídas.
Un par de días nada más fue el tiempo requerido, como para que alguien a quien no se conocía, una persona que vive en Francia, la llamara y le dijera que ellos acostumbraban a dar Tzedaka, ayuda a gente necesitada, y que por alguien se habían enterado de su desgracia, la de ella y de su familia y por lo tanto habían decidido que este año la Tzedaka sería para ella. Apenas terminada la llamada, sintió a la sangre correr de una manera impresionante por todo su cuerpo, no podía dar credibilidad a lo que estaba escuchando, la profecía de Jaime se estaba cumpliendo, el dinero que le había sido prometido cubría las expectativas de su hermana, la llamó y la tranquilizó con la información recibida. Pero aún faltaba un tercer punto, un detalle que no sabía ni entendía como cubrirlo.
Me cuenta Belinda que ese año, el pasado en plena época de pascuas, el novio que tenía para estar más cerca de la sinagoga, tomó una habitación en el Hotel Ávila, la invitó a que lo acompañara para no tener que caminar hasta su casa. A lo cual accedió, Belinda no se percató de que era viernes, el Shabat estaba a punto de comenzar, llevó sus cosas para el hotel y en un momento especial en que el brillo de una estrella pareciera la estuviese iluminando a ella sola. Levantó los ojos, miró con amor y fe al cielo y al bajar la vista se dio cuenta que estaba parada al lado de las canchas de tenis del Hotel en el que pasaría su Shabat. Sin más comenzó a llorar, las tres promesas de su hijo se habían cumplido en el tiempo que había predicho. Ahora estaba tranquila, tenía la seguridad de que Jaime se encontraba en otro plano, estaba bien y se lo hacía saber. Parte de su angustia dejo de tener sentido y una paz, la cual me detalló, pero que no me creo capaz de contar, la embargó a tal modo que ya ve el mundo de otro modo, ya siente el dolor de otra manera, ya enfrenta su soledad con otra actitud, ya sabe, conoce y cree en su Dios, sin duda alguna.
Samuel Akinin Levy
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